Una vez, Dave pegó tan fuerte al surcador de cielos, que pensó que lo había matado. La sangre había chorreado por su cabello rubio enmarañado, salpicando sus pantalones deshechos y corriendo por su cara mugrienta.
El surcador de cielos jamás se rinde
9.12.09
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Marcapáginas Mis Novelas
¿Qué hay al otro lado del mar?
8.12.09
Aquel día, Lilith decidió. Inventar una verdad hermosa siempre fue mejor que mentir por ignorancia.
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Marcapáginas Búhos de Cristal
Eso te pasa por no leer nunca los manuales de instrucciones
3.12.09
Suzanne, cielo, me daba mucha pena ver cómo te enfadabas cada vez que el chico de ojos de perro abandonado te decía que eras como un robot. Y está bien, quizás tuvieras razón al decir que tenía la cabeza llena de helio, no sé. Pero si es así, encaja, porque su corazón entonces era un globo, frágil, que generaba electricidad estática por toda su piel cuando le mirabas directamente, o le fotografiabas. ¿Sabes? Todas y cada una de las veces que te llamó robot, él deseaba ser tu toma de corriente, para compartir contigo su electricidad.
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Marcapáginas Búhos de Cristal
Y ver Pulp Fiction con la luz apagada
30.11.09
Anoche, Ethan me hizo una visita. Llevaba su rosa de los vientos de plata colgada al cuello, la cazadora de cuero y la guitarra a su espalda. Me miró con sus ojos de perro abandonado, y me dijo que tenía miedo. Hacía mucho que no le oía decir algo así, desde la primera vez que le dibujé. Después entró en mi casa y se sirvió un gran tazón de leche fría. Sonrió avergonzado y se sentó en el sofá.
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Marcapáginas Búhos de Cristal
Ellos querían aprovechar esas oportunidades, en serio. Pero era imposible ponerse serios entre plumas arrancadas de un plumero
29.11.09
—¡Lilith! —gritaba Sacha, corriendo por las cocinas y los pasillos como un loco. Había crecido mucho, pero seguía teniendo aquella cara redondeada infantil a sus catorce años. Al fin y al cabo, todavía era un niño, igual que Lilith. La encontró finalmente cuando se metió en un cuarto pequeño y polvoriento donde guardaban algunos de los utensilios de limpieza. Ella estaba sentada en el suelo gris sucio, ocupada arrancando las plumas de un plumero.
—¿Qué? —preguntó ella con serenidad. Sacha sonrió a la demencia de su amiga.
—La señora Durand nos dice que dejemos de vaguear ahora mismo —anunció, añadiendo especial énfasis a las últimas palabras para imitar el tono exacto con el que lo había dicho. El olor a cerrado se le metía por la nariz y le hacía cosquillas, o a lo mejor eran las pelusillas de las plumas.
—Oh, Dios mío, ha de ser un día importante. Ya van treinta y seis veces hoy. O puede que le esté estresando la caída del pelo. ¿Has visto los blancos que tiene en la cabeza? Ya casi resulta fácil imaginársela calva.
—Menuda imagen mental.
—Sí, lo sé, pero cuanto más pienso lo morbosa y desagradable que es, más me la imagino. Es un círculo vicioso.
—Uno muy espeluznante. Cuando no tenga pelo, ¿qué va a disimular su enorme cabeza?
—Es un gran dilema sobre el que tendrá que reflexionar. Pero no demasiado, o quizás eso acelere el proceso —remedó con expresión comedida y preocupada, mientras arrancaba con ímpetu una pluma más. Sacha se sentó en el suelo junto a ella.
—Eso tiene mala pinta, el plumero pronto quedará tan calvo como la señora Durand.
—Así pueden hacer un club y se consuelan el uno al otro.
—Ah, por cierto, me había olvidado de la otra parte del discurso de la señora Durand, ¿ves lo que pasa por seguirte la corriente?
—Bueno, no puedes esperar que una pirata sea capaz de concentrarse en algo tan aburrido. Ya lo habrás comprobado por ti mismo.
—Sí, nos cuesta mantener la cabeza en el mismo sitio mucho tiempo. Es a causa del movimiento de nuestro barco imaginario.
—Es que la tormenta inexistente hace que se tambalee como nunca. ¿De qué se trataba?
—¿Ves? Ya se me había vuelto a olvidar —le reprochó—. Dijo que nos presentáramos en la cocina inmediatamente, que iba a venir a cenar un señor muy importante o algo así, acompañado de su sobrina, a la que le gusta estar rodeada de niños. Y como somos los únicos que les quedan porque a los demás ya los han asado para la cena, tendremos que servir a la mesa hoy.
—Inmediatamente... ¿Cómo de inmediato?
—Ya deberíamos haber llegado hasta allá.
—Vaya, eso es muy inmediato.
—Sin duda. Vamos.
La señora Durand no hizo ningún comentario cuando se presentaron en la cocina, resollando, aguantando la risa y cubiertos de plumas. Debía de estar realmente ocupada como para reñirles. Era una mujer rolliza y cincuentona, que desde que aquellos chiquillos habían entrado a servicio de sus patrones se había dedicado a demostrar de las maneras más sorprendentes la poca tolerancia que tenía hacia esas personitas bajitas que llamamos niños, aunque un niño que fuera criado tenía más bien poco de niño. Ella técnicamente también era una sirvienta, pero de un nivel superior —porque hay niveles en la servidumbre—, que se dedicaba a mangonear a los demás en lugar de trabajar. Tenía la cara redonda y muy grande para su cabeza, y un exiguo pelo castaño que no le tapaba ya toda la coronilla.
—Deprisa, no hay tiempo, tenéis que asearos. ¡Pero si apenas se os ve la cara! Hará falta un estropajo para sacar toda la mugre que tenéis encima, no es normal que la piel de una persona vaya del negro al gris pasando por todos los matices del marrón, ¿entendido? No podemos permitir que dos mocosos roñosos vayan por ahí sirviendo la comida, qué poco higiénico... Y tendréis que cambiaros esas ropas. Rápido.
Querían que estuvieran decentes para las visitas, como si fueran ganado que quisieran vender.
Pero no los podían vender. Nadie podría hacerlo jamás.
»Años después, justo antes de embarcar a un navío de verdad, cada uno por su lado, ambos piratas mirarían hacia la playa. Y añorarían aquellas oportunidades perdidas que se presentaban cuando se podían esconder en el cuartucho de las escobas.
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Marcapáginas Búhos de Cristal
27.11.09
No existe un solo lugar en el mundo en el que te puedas esconder del cielo. No importa si bajo un techo no lo ves, porque él sí te ve a ti. Y cuando caiga, te aplastará igualmente.
Por este motivo, hay dos clases de personas. Las personas que pasan su vida tratando de huir del cielo desesperadamente, y las personas que se precipitan hacia él.
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Marcapáginas Revoluciones
Tú y yo somos el rock and roll
22.11.09
La niña de cenizas miraba a Derek como se mira a alguien que te está mirando. Pero sabía que era egoísta.
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Marcapáginas El cuento triste de Noah y el muñeco de nieve


