La alambrada de espino que cercaba el instituto se reía de nosotros, como cada hora de cada día que aquella diatriba de vida que llevábamos en Saint's Park. Para hacernos un regalo de cumpleaños, habíamos provocado una inundación en las cocinas y descansábamos en los patios, fumando unos puros que habíamos birlado del despacho de Mr. Crawford. No tengo ni idea de dónde estaba el resto del alumnado, puede que ayudando a achicar el agua de los sótanos; pero la verdad es que me daba lo mismo. Estaba sentada en un desnivel que a veces utilizábamos para patinar, mientras el friki se tumbaba bajo el sol de plomo a mirar las nubes y el guaperas jugaba al solitario con la baraja de Emmanuelle.
No me gusta hablar de la guitarra azul de Sarah desde que la perdí el Gran Día, pero estaba tocando la única canción que me había enseñado antes de largarse con las demás groupies y sus nombres postizos.
Cuando tenía un momento, frenaba el carro y me decía "Mírame, malgastándonos la vida".
Pero la revolución de Elliott nos devoraba al guaperas y a mí, que en aquel entonces todavía no había aprendido a rechazarle.
El friki se había embiciado a las pipas saladas, más por el gusto de escupir las cáscaras al hormigón del patio del Saint's que otra cosa, pero más de una vez su discurso ininterrumpido, sumado a la sal y al amargo humo en los pulmones le provocaba ataques de tos que sí que interrumpían su discurso.
-Mañana es el Gran Día -decía, agravando la voz en un ingenuo intento de salvaguardar su agónica dignidad.
Dylan estaba más callado que nunca, hasta que le dio por abrir la boca y soltar la bomba, sin anestesia ni nada.
-Eh, tíos, tengo una hermana.
Silencio sepulcral. La guitarra azul de Sarah quedó olvidada en la cima de la rampa, y creo que por entonces ya sospechaba su incierto destino. La incertidumbre estaba escrita en las vetas que se adivinaban bajo la laca azulada y el barniz que tatuaban la madera, me había dicho, que le parecía surfera pero no revolucionaria. De las que viven rápido, mueren jóvenes y dejan un cadáver hermoso, pero pasan a la historia como grandes inutilidades, como simples artista. Sarah me dijo que por eso me la regalaba. Zorra.
Pero, obviamente, yo no estaba pensando en mi guitarra.
-La conocí la semana pasada, se llama Spinnelly, Spinnelly Lonelay -explicó a toda prisa el guaperas con una sonrisa ridícula en el careto-. Ha estado viviendo en un internado para niñas tipo convento en un distrito del sur. Faltó a clase y se metió en un tren y...
Dylan movía las manos en el aire con una emoción indescriptible para el ojo observador. Su pelambrera zanahoria revoloteaba sobre sus ojos desprendiendo reflejos amarillentos demasiados vivos bajos nuestro sol de plomo y y nuestro cielo de cal viva. Sonreí y le guiñé un ojo a Elliott.
-¿Y está buena? -pregunté. Elliott bufó, escandalizado y humillado en su derrota.
-¡Dársena! Esa era mi línea. Esa siempre es mi línea.
Los chicos del instituto (y alguna de las monjas) solía decir que pasaba tanto tiempo con los dos tarados porque era lesbiana. No lo era, pero jamás perdía la ocasión de demostrárselo. No sabían que en realidad estaba con ellos porque cumplíamos el mismo día. Quién iba a sospecharlo, al fin y al cabo era una memez de razón, no es que fuéramos amigos ni nada por el estilo.
-¡Tíos, tíos, que tiene trece años! -la expresión de pánico del guaperas nos detonó en carcajadas. Dylan quería adoptar a Spinnelly, aunque sólo la había visto una vez y se había comunicado con ella mediante servilletas. Muy glamuroso, recuerdo comentarle mientras me marcaba un Fa sordo que sonó terriblemente fuera de lugar en nuestra diatriba de vida con la guitarra azul de... con mi guitarra azul. Pero claro que quería adoptarla, aunque mañana se jugara la cara por una imposibilidad de revolución y no tuviera futuro, ni pasado, ni voluta. El guaperas siempre había querido una familia a costa de su piel y apostando sus huesos.
-Por cierto, me la pido cuando cumpla los dieciséis -soltó Elliott al rato, bajo el sol de plomo y la mirada sicaria del guaperas- ¿diecisiete? Joder, Dylan, no hay quien te entienda.
-¿Quién dice que te la puedas pedir? -protesté.
-Dárs, ni siquiera te gustan las tías.
-No cambies de tema.
Quién nos diría que Dylan terminaría kaputt, yo en un bareto de Londres (donde, por cierto, en alguna ocasión sí que me enrollé con alguna chica) y Elliott aprendiendo el lenguaje de signos y adoptando a la señorita Lonelay.
Pero todavía era la víspera del Gran Día. Los escalofríos del miedo y la esperanza a partes iguales nos recorrían el cogote en procesión mientras decíamos chorradas con delirios de grandeza y celebrábamos nuestros cumpleaños bajo el sol de plomo de Norfolk, fumando los asquerosos puros de Mr Crawford.
Ahora Elliott me mira, ojos de Trotamundos y sonrisa de locutor de radio en el eje del fin del mundo "Vamos a volar por los aires FM". El nombre de Dylan es perpetrar la matanza de Texas en mi pecho y Elliott es mi decadencia. Y me niego a aprender el lenguaje de signos, Spinnelly, porque eres demasiada poesía y ya no me quedan guitarras azules ni Fas obsoletos.
Aquel era el Gran Día, nuestro Gran Día.