El corazón valiente de Ben

martes 10 de noviembre de 2009

Ben va cogido de la mano de su papá. Tiene la nariz colorada a causa de la baja temperatura de Nueva York. Y tiene miedo. Ahora Ben casi siempre tiene miedo. De la oscuridad, del mundo, de las personas. Sobre todo de ésto último.

—¿A dónde vamos, papá?

Sam sonríe un poquito. Ha perdido ese brillo gatuno que tenía en los ojos desde que Amy se fue.

—Vamos a ver a un amigo.

—¿Qué amigo? —inquirió el aprensivo niño.

—Arthur.

—No le conozco —precisó, contrariado. Pensaba que no se podía ser amigo de alguien a quien no se conocía. Ingenuidad. Lo difícil es conocer a tus amigos, le habría dicho Sam. Quiso hacerlo, pero imaginaba que Amy no lo habría hecho, así que calló. A ella le gustaban las personas ingenuas.

—Yo sí. Es muy bueno.

—¿Cómo le conociste?

—Pues... le conocí el día que fui a ver a mamá al hospital —repuso con abrumadora sencillez.

El niño calló. Podría haberle dicho que, tal vez, no debería haberse parado a charlar tranquilamente mientras su madre agonizaba y se apagaba en el quirófano. Podría haberle dicho que era imperfecto. Pero Sam intentaba ser todo lo perfecto que podía. Todo lo buen padre que podía.

Incluso un niño ingenuo como Ben lo podía ver.

Era un edificio cálido. Nadie imagina que esa clase de construcciones sirvan de hospital. Todo el mundo piensa que esas instituciones necesitan cumplir un determinado cupo de lobreguez y displicencia para ser aceptados como tal. La calidez nunca se relacionaba con los sitios a los que la gente enferma va a languidecer.

A decir verdad, los pensamientos de Ben estaban recubiertos por una tiniebla que iba más allá de la ingenuidad. Pero en verdad era bonito el edificio en el que su madre había muerto.

En serio.

En la entrada se cruzaron con una chica que llevaba botas muy pesadas y medias de rayas. Y una media melena pelirroja que recordaba un poco al pelo de Audrey. Sólo un poco, porque ella lo tenía más largo y más rizado. Pero, cuando la chica de las botas pesadas le dedicó una sonrisa, su mundo se paró un momento, y pensó que tenían algo más en común que el color del pelo o la forma de sonreír a un perfecto desconocido que tiene miedo hasta de su sombra. Ella era como Audrey.

Arthur les esperaba en uno de los pasillos. Saludó cariñosamente al niño, por alguna razón sentía que le conocía. Ben era el niño que había quedado medio huérfano el día que decidió que quería salvar a Lily de su muerte, pasara lo que pasara. Como si ambos sucesos estuvieran relacionados por alguna especie de broma.

—¿Qué tal? —preguntó cuando Sam se le aproximó más.

—Bien, gracias. Ben estaba ansioso por escuchar el final de ese cuento —posó la mano sobre la cabeza pequeña de su hijo, que miraba sin comprender.

—Así que tú —sentenció el joven doctor, agachándose para que sus ojos quedaran a la altura de los del niño— eres el valiente que impresionó a Audrey ayer.

—¿La impresioné? —preguntó Ben, haciendo esfuerzos para controlar la ilusión que crecía en su garganta, y por no ruborizarse. Y por no pensar que no era valiente.

—Oh, eso te lo aseguro. No hacía más que hablar del hombrecito tan encantador que conoció en el parque. Llevo muchos años siendo amigo suyo, y nunca la había visto tan entusiasmada por contarle su cuento a alguien.

Arthur los condujo por los pasillos, alegando que Escritorcilla estaba esperando en la cafetería, porque a ella no le gustaban los hospitales. Aunque aquél no fuera demasiado blanco, ni hubiera corrientes de aire. Cuando entraron, ella estaba allí, mirando con poco interés un yogur de plátano que tenía sobre la mesa, mientras jugueteaba distraídamente con sus guantes rojos. Audrey le sonrió, igual que la chica de las botas pesadas, y el corazón infantil de Ben se aceleró.

Lo bueno de ser niño, o ingenuo, es eso. Basta con que el corazón palpite con ganas para sentirse feliz un ratito.

Ella quiere saltar

viernes 6 de noviembre de 2009

El ángel sin pasado tiene frío mientras camina, el viento haciéndole cosquillas. Sofía cumplió ayer nueve años, y se ha sentado en el borde del precipicio, con las piernas colgando y los ojos goteando. No recuerda dónde perdió su ropa, y no quiere volver a la jaula de oro. Quiere saltar. La piel la tiene azulada. Los huesos de cristal tiemblan debajo de su piel.


El ángel sin pasado la coge en brazos y se la lleva volando. La acuna suavemente, protegiéndola del balanceo de sus alas y del invierno. Vuelan sobre el mar, sobre las montañas. Sofía quiere mucho a su ángel, y sus brazos son muy cálidos y amables.

Pero ella quiere saltar, y nada puede impedírselo.

Nuestro mayor talento

sábado 31 de octubre de 2009

La niña de ojos azules es extraña. Por momentos, pletórica, por momentos, callada. A veces dice cosas sin sentido, y entre esas sandeces de niña pueden hallarse verdades indescifrables encerradas tras candados somnolientos. Otras veces no dice nada, porque es de las que cree que una mirada lo dice todo. A veces las palabras sobran.


Nayeli sonreía con tristeza, mientras caminaba por la playa.
-De pronto me has recordado a Lilith -observó René.
La niña de ojos azules se volvió hacia él.
-No odio a Lilith. ¿Debería? Ella era una persona muy especial. Aún cuando no quiero desaparecer, no soy capaz de odiarla. ¿Será porque yo soy ella?
-Ni yo soy Sacha ni tú Lilith.
-Tienes razón. Pero, piénsalo, nos parecemos.

Y volvió a echar a caminar. Él seguía parado sobre la arena.
-Nos parecemos en que luchamos por nuestros sueños, Nayeli. Sólo en eso.
-Dime, René, ¿tú odias a Sacha?
No. Nayeli lo adivinó.
-Tienes razón, no somos piratas. Tú serás un héroe, y yo... -la niña de mirada marina se sumió en un profundo silencio. Nunca terminó aquella frase.

-¿Qué ibas a decir?

[...]

-Este es un sitio genial para ser un héroe, ¿no te parece? -murmuró, con su nariz todavía cerca de la de su amigo. Él se había quedado sin voz, y las mejillas le brillaban de escarlata. Pero se sentía triste. Siempre tuvo buena intuición- A ti y a mí se nos da de fábula morir por causas perdidas.

Ella vende siemprevivas

sábado 24 de octubre de 2009

Conocí a Ícaro un día de lluvia gris. Dentro de mi jaula dorada estaba oscuro, no me gustaban aquellas lámparas de luz robada de las estrellas. Entraban gotitas que eran como lágrimas de cocodrilo, sabes que no significan nada, que no son sinceras, pero no puedes ignorarlas. Llovía cuando Cloto abrió la puerta de los barrotes de oro, con un candelabro encendido de aquella luz raptada en su mano estilizada, bañando la sala con aquel fulgor hiriente. No me gustaban su manos. Me parecía paradójico que las manos más hermosas del mundo fueran las que hilaran destinos atroces a antojo, sin importar quién acabara con ellos. Tampoco me gustaba ella, era enrevesada, traidora, mentirosa, demasiado astuta.

No me gustaban ninguna de las moiras. Sus dos hermanas llegaron en seguida. Láquesis, caprichosa, voluble, egoísta. Átropos, vanidosa, autoritaria, déspota. Eran tan bellas como una escultura de Miguel Ángel, como la nieve antes de pisarla, como una telaraña perfecta.

-Buenas noches, pequeña monstruo -me susurró Cloto, cariñosamente. Mi nodriza sonreía, yo no. Nunca lo hacía.
-Te harás amiga de este niño -anunció Láquesis, que nunca consideraba conveniente ningún saludo.
-¿Qué niño?

De entre las faldas nocturnas de la apolínea Átropos aparecieron dos grandes y redondos ojos color almendra, luego, una sonrisa temblorosa, y finalmente un niño de cabello rojizo y rizado. Ahí estaba él. Yo me sorprendí pensando que, si prefería acurrucarse contra las piernas de la moira que acercarse a mí, entonces no quería ser amiga suya.
-Lo serás -me ordenó ella al rebuscar entre mis pensamientos y encontrar aquel, tan descabellado e ilógico para su mente- ¡Nadie puede rechazar el destino que nosotras escogemos con tanta dedicación! ¿Qué te hace pensar que una alimaña como tú podría?
-No seas cruel con ella, Átropos. ¿No ves que está asustada?
-Tú misma dijiste que se sentía sola, Láquesis. Fuimos a por el niño por eso. ¿Ahora qué propones que hagamos? ¡No lo quiere!
-No podemos devolverlo
-No podemos.
-¿Qué hacemos con él ahora?
-¿Tienes su hilo, Cloto?

Ahogué un grito. No podían cortar su hilo. El niño, sin embargo, estaba tranquilo. Seguro que no sabía quiénes eran ellas. Seguro que no sabía que los hilos de Cloto eran personas. Eran los destinos de las personas.

Las moiras se alejaron con sus faldas oscuras arrastrándose tras de ellas, provocando un sonido similar al de las serpientes siseando. El niño de ojos de almendra me miró fijamente y luego sonrió.
-¿Cómo te llamas? -preguntó. Poseía una linda voz el muchacho.
-Sofía -decidí inmediatamente. Hasta entonces no tenía nombre.
Los seres como yo no merecen nombre, dicen. Pero Cloto a veces me llamaba así. Esto se debía a que mi poema favorito trataba sobre una mujer que viajaba por los pueblos vendiendo siemprevivas. Esa mujer se llamaba Sofía, y aquellos versos decían que un simple golpe podía romperla en pedacitos, pero aun así, nunca acababa su viaje. Por algún motivo, me sentía muy impresionada.

-Yo soy Ícaro.

Desde entonces, Ícaro podía fingir que tenía alas. Y yo podía fingir que no era un monstruo.

Al menos, hasta que saltara.

Somos números irracionales

lunes 19 de octubre de 2009

Si desafinamos, que sólo los truenos nos escuchen.

Sucesiones de desastres, volutas de humo y periódicos sensacionalistas. Llueve sobre las estrellas, pero no sobre ti.
Sobre mí llueve siempre. Llueves tú. Llueve la dulce melancolía.

Deberías saber que la melancolía no duele, te hace viajar. Como en un transatlántico que te balancea sobre el mar, con el tic y el tac de una vieja máquina de escribir.

La taquígrafa es ciega, claro. No, no me importa que así le sea más difícil el trabajo. Es mi viaje y en mi viaje hay una taquígrafa ciega que bebe cappuccinos, fuma habanos y habla alemán y francés. ¿Que qué pinta una máquina de escribir? En todos los viajes hay una. La que está dentro de tu corazón frío, palpitando por ti. Amando y odiando por ti. La mujer ciega escribe lo que está a punto de ocurrir, pero no puedes leerlo. Al fin y al cabo, los taquígrafos utilizan su propio código, y nadie puede leer las líneas del destino.

¿Que no crees en el destino? Sinceramente, nadie cree. Ni yo. O a lo mejor los demás sí y yo no. Pero no importa lo que creamos, si es, es, y si no, no es. ¿Qué más da lo que creas? Yo no creo, pero la mujer ciega de los habanos y las volutas de humo, la mujer más hermosa del mundo, sigue ahí, con su insoportable tic tac frenético.

Tengo un gran porvenir, o eso dice la de las cartas extrañas y el pañuelo en la cabeza. Si eso es verdad, podemos quedarnos aquí a descansar, mientras los cines se alejan volando a esconderse de mí. No puedo reprochárselo, ni decir que no me lo merezca. Yo fui de las que pensaron que el único camino válido era el atajo. Pero hasta haciendo trampas hice trampas, y opté por volar [así se llega mucho más rápido]. No me importaba que volar esté prohibido en este juego en el que nos despojan de alas al nacer. Me gusta escarbar en la tierra para tocar el cielo. Si me despego las uñas en el intento, siempre podré pegármelas con pegamento.

No sé por qué te gusta vivir aquí, en el mundo de las sucesiones de desastres, volutas de humo y periódicos sensacionalistas. Ni por qué no te aburres de jugar siempre limpio. Y quién sabe por qué aceptas sufrir la tormenta cual mártir. Lo divertido es bailar bajo ella. Pero me parece curioso.

Y me gusta más el tamborilear de tus dedos que el repicar de las campanas de diamantes.

Llueve un poco más sobre mí.

Bang, bang. (La niña de nieve ya es toda una mujer)

jueves 15 de octubre de 2009

Al corazón de Kailan le hacía cosquillas la sangre, entrando y saliendo alocada por sus ventrículos y sus aurículas, cuando cargó el revólver.


No estaba acostumbrada, nunca mataba con armas de fuego.

-¿Y ahora qué? -preguntó Cedric. Su voz era temblorosa como las ondas de los charcos por las gotas de lluvia. Pero no de miedo, de pena y felicidad. Felicidad porque había visto a su hija. Pena porque no volvería a verla nunca más.
-Ahora voy a matarte -precisó con tranquilidad la niña de nieve. Sus rebeldes rizos blancos estaban fuera de sitio, y sus mejillas encendidas. Extenuada por la carrera, se permitió a sí misma parar de hablar para recuperar el aliento. Sólo unos segundos.
Su padre sonrió. Estaba hecha toda una mujer. Se parecía a su madre... excepto en el pelo. No sabía de dónde le había salido aquella palidez de escayola en cabello y piel.

-Gracias. -Adujo, agradecido. Le dio una última calada al cigarro y tiró la colilla al suelo- ¿Tienes miedo?
-No te dolerá. Apuntaré bien.
-Nunca has empuñado una pistola.
-Nunca me has visto antes -respondió, lacónica. No podía explicar de dónde venía aquella frialdad. No quería matarle.
-Lo siento. ¿Tienes miedo? -repitió el honrado hombre. El honrado asesino.
-He matado antes -repuso Kailan, a su vez. Tenía su mirada negra dura-. Supongo que esa es mi sangre.
-Nunca quise que te convirtieras en un monstruo como yo.
-Ya es tarde.

Él dudó.
-No debería haber tirado el cigarro sin aprovecharlo bien.
-Adiós, papá.


Bang, bang.

La niña de nieve caminaba con la cabeza alta. Puso la capucha sobre su cabeza cuando salió a la fría calle.

Tal vez fuera una asesina, pero tenía principios.

El suelo estaba mojado. Las dos veces que se separó de su padre había tormenta. Tiró el revólver al suelo, que cayó con un ruido metálico sobre el asfalto. El arma estaba cargada todavía.

Nunca mataba con armas de fuego.

En Nunca Jamás también hay perros perdidos

domingo 11 de octubre de 2009

Celia tenía una dálmata llamada Bradamante, por el poema. Era la más linda perra del mundo, te lo digo yo, que no miento. Bueno, puede que un poco sí, pero ahora puedes creerme. La más linda perra del mundo, como lo oyes. Con su mirada de plata parecía expiar todos tus pecados y dejar tu alma pura, fresca. Creo que se la compró porque tenía los ojos de Peter Pan. Pero Bradamante era especial. El día que Celia murió en aquel accidente, aulló toda la tarde. "No podía saberlo" decían los vecinos. Pero claro que lo sabía. Los perros (sobre todo los que tienen nombre de poesía) lo saben todo, lo huelen todo. La muerte tiene un olor muy característico, ya que no huele a nada.

Cuando finalizó el luto, entrando el anochecer, escapó por el jardín trasero. Nada le quedaba en una casa sin Celia. Nada quedaba en el mundo para Bradamante.

Marco encontró a una perra preciosa (la más linda dálmata, recuerda), rebuscando en un contenedor. Cuando ella le dirigió su mirada cenicienta, no tuvo agallas para abandonarla en aquel lugar oscuro en el que nada vive, nada permanece. La llevó a casa. Ya te había dicho que Marco, por mucha pinta que tenga de pirata socarrón, es un niño perdido. Y los niños perdidos aman a los animales.

La perra no podía quedarse, pensó. Era demasiado grande para un piso pequeño, se amonestó. Era demasiado grande para su vida pequeña. Así fue como Bradamante terminó con Ana, que también se dio cuenta de que tenía los ojos de Peter. Sólo Celia y ella podían ver en aquel animal un poco del polvo de hadas que él tanto ansiaba.
Marco se la ofreció cuando la vio aguantando las ganas de llorar ante el maloliente pero elegante chucho. Frunció el ceño (odiaba aquellos esporádicos momentos en que no conseguía entenderla, aunque fueran tan contados y espaciados.)
-¿Por qué no te la llevas? Aquí no hay sitio para ella -dejó caer cuando su amiga acariciaba la cabeza moteada.
-¿Por qué dices eso? -preguntó ella, extrañada.
-Una perra tan grande no puede estar en un apartamento.
-Gastón era incluso mayor que ella.
-No todos los perros son como Gastón. -rebatió inmediatamente Marco. Ana se dio cuenta de que había dicho algo feo, sin darse cuenta. Marco había querido a Gastón (su bóxer simpático) mucho, muchísimo, más de lo que la mayoría quiere a sus perros- Es más, no hay un sólo perro como Gastón.

De modo que Ana se quedó con la rechazada Bradamante, que no comprendía lo que había mal en ella. Era la más linda perra del mundo. ¿Cómo era posible que no la quisiera?
No es que no te quiera - quiso decirle con su mirada la muchacha que la había recogido de rebote. Es que él es de los que sólo quieren una vez.

Bradamante lo entendió, obviamente, porque era especial y era perra. Pero Ana no se marchó así como así.
-Marco, aunque alguien ocupara tu corazón hace años... eso no significa que no puedas hacer hueco para alguien más. ¿Verdad? -preguntó entonces, trémula de hombros y voz. Él quiso odiar de nuevo a Peter. Todo giraba en torno a ese miserable Peter Pan.
Pero no pudo decirle a Ana que se equivocaba. No era capaz de decirle que Peter nunca se fijaría en una chica que no era Celia, porque sabía que ya lo había hecho. Sabía que era imposible no querer (ni siquiera un poco) a aquella chalada.
-Verdad.

Dicho esto, el niño perdido cerró la puerta en las narices de su amiga y se sentó un momento allí, en el suelo del pasillo. Continuó así hasta un rato después de que Bradamante y Ana se fueran.

Sin embargo, cuando al día siguiente miró el correo electrónico, descubrió que su amiga le había dejado un mensaje. Corto. Sucinto. Preciso. Ininteligible. Como todos los suyos.

"Puedes quererla sin miedo. Gastón escribió su poema. No tienes que sentirte culpable."

Él no lo sabía, pero Ana se había pasado la noche buscando en sus libros de poesía aquél del que había sacado el nombre del perro de su amigo cuando él le pidió que ayudara a elegir uno. Gastón era el poeta que escribió sobre la hermosa (la más linda) Bradamante. Cualquiera habría pensado que era casualidad -y es que lo era realmente-, pero ella no.

Y eso que Marco pensaba que lo había sacado de la Bella y la bestia.

Todos los días acariciaba con cuidado a su soledad...