Ben va cogido de la mano de su papá. Tiene la nariz colorada a causa de la baja temperatura de Nueva York. Y tiene miedo. Ahora Ben casi siempre tiene miedo. De la oscuridad, del mundo, de las personas. Sobre todo de ésto último.
—¿A dónde vamos, papá?
Sam sonríe un poquito. Ha perdido ese brillo gatuno que tenía en los ojos desde que Amy se fue.
—Vamos a ver a un amigo.
—¿Qué amigo? —inquirió el aprensivo niño.
—Arthur.
—No le conozco —precisó, contrariado. Pensaba que no se podía ser amigo de alguien a quien no se conocía. Ingenuidad. Lo difícil es conocer a tus amigos, le habría dicho Sam. Quiso hacerlo, pero imaginaba que Amy no lo habría hecho, así que calló. A ella le gustaban las personas ingenuas.
—Yo sí. Es muy bueno.
—¿Cómo le conociste?
—Pues... le conocí el día que fui a ver a mamá al hospital —repuso con abrumadora sencillez.
El niño calló. Podría haberle dicho que, tal vez, no debería haberse parado a charlar tranquilamente mientras su madre agonizaba y se apagaba en el quirófano. Podría haberle dicho que era imperfecto. Pero Sam intentaba ser todo lo perfecto que podía. Todo lo buen padre que podía.
Incluso un niño ingenuo como Ben lo podía ver.
Era un edificio cálido. Nadie imagina que esa clase de construcciones sirvan de hospital. Todo el mundo piensa que esas instituciones necesitan cumplir un determinado cupo de lobreguez y displicencia para ser aceptados como tal. La calidez nunca se relacionaba con los sitios a los que la gente enferma va a languidecer.
A decir verdad, los pensamientos de Ben estaban recubiertos por una tiniebla que iba más allá de la ingenuidad. Pero en verdad era bonito el edificio en el que su madre había muerto.
En serio.
En la entrada se cruzaron con una chica que llevaba botas muy pesadas y medias de rayas. Y una media melena pelirroja que recordaba un poco al pelo de Audrey. Sólo un poco, porque ella lo tenía más largo y más rizado. Pero, cuando la chica de las botas pesadas le dedicó una sonrisa, su mundo se paró un momento, y pensó que tenían algo más en común que el color del pelo o la forma de sonreír a un perfecto desconocido que tiene miedo hasta de su sombra. Ella era como Audrey.
Arthur les esperaba en uno de los pasillos. Saludó cariñosamente al niño, por alguna razón sentía que le conocía. Ben era el niño que había quedado medio huérfano el día que decidió que quería salvar a Lily de su muerte, pasara lo que pasara. Como si ambos sucesos estuvieran relacionados por alguna especie de broma.
—¿Qué tal? —preguntó cuando Sam se le aproximó más.
—Bien, gracias. Ben estaba ansioso por escuchar el final de ese cuento —posó la mano sobre la cabeza pequeña de su hijo, que miraba sin comprender.
—Así que tú —sentenció el joven doctor, agachándose para que sus ojos quedaran a la altura de los del niño— eres el valiente que impresionó a Audrey ayer.
—¿La impresioné? —preguntó Ben, haciendo esfuerzos para controlar la ilusión que crecía en su garganta, y por no ruborizarse. Y por no pensar que no era valiente.
—Oh, eso te lo aseguro. No hacía más que hablar del hombrecito tan encantador que conoció en el parque. Llevo muchos años siendo amigo suyo, y nunca la había visto tan entusiasmada por contarle su cuento a alguien.
Arthur los condujo por los pasillos, alegando que Escritorcilla estaba esperando en la cafetería, porque a ella no le gustaban los hospitales. Aunque aquél no fuera demasiado blanco, ni hubiera corrientes de aire. Cuando entraron, ella estaba allí, mirando con poco interés un yogur de plátano que tenía sobre la mesa, mientras jugueteaba distraídamente con sus guantes rojos. Audrey le sonrió, igual que la chica de las botas pesadas, y el corazón infantil de Ben se aceleró.
Lo bueno de ser niño, o ingenuo, es eso. Basta con que el corazón palpite con ganas para sentirse feliz un ratito.


