jueves

Hespéride sidosa

El paraíso inutilizado del garaje de aquella amiga que apenas había conocido era el señuelo para los sueños de todos los poetas malditos que se negaba a ser y que desde luego era. Corría el año noventa y cuatro, pero ellos se sentían como los roques pedregosos de una época inventada, sobresaliendo por las crestas del mar de la realidad. Diana era una hespéride tuberculosa, sidosa o quizás simplemente jodida, con botas de cuero falso y contando los minutos y los pasos que le quedaban. El tipo gris fingía no saberlo, y era tan buen actor que a veces estaba convencido de no tener ni idea.

-Te lo advierto, si mi viejo te viera ahora se enamoraría perdidamente de ti.
Diana tenía su mirada de tragedia griega en el interior del capó del Chevrolet aguamarina, y la levantó con una sonrisa típica.
-Debe de ser decepcionante tener un hijo como tú -dijo alegremente-. Toda tu vida entre coches y eres un completo ignorante. Pero asúmelo, si toda la humanidad se tomara la molestia de mirarme adecuadamente, caería rendida a mis encantos.
-Para eso tendrían que buscarte durante días entre tanta greña.
La actualidad del sonido que provocó el capó al cerrarse era demasiado irónica en un coche de los sesenta, se quejó Hugo. Diana enterró una mano en sus tirabuzones y los revolvió para probar su teoría.
-¿Qué dices de mi sedoso cabello?
En unos segundos se iría, pensaba el tipo gris sin pena ni alegría. Mentira. Pero la radio-cereza vibraba con otros acordes y los ojos se iluminaron.

Standing in the corner, suitcase in my hand.
Jack is in his corset, Jane is in her vest,
And me, I'm in a Rock'n'Roll Band.


Riding a Stutz Bear Cat, Jim
You know, those were different times.
All the poets they studied rules of verse and
those ladies, they rolled their eyes.


-¡Oh, me encanta esta canción! -y se derrumbó a su lado, sobre la butaca sin patas tirada en el suelo. Haz zoom. El calor del verano zumba en sus oídos, ella se inclina a coger una botella de cerveza. Hugo y la geometría de su codo pálido contra su rodilla doblada, Diana y sus piernas extendidas jugando con un jirón de sus tejanos con la mano que no sostiene la botella. Un dedo índice tamborilea sobre la fría superficie del vidrio al ritmo de la música.

Sweet Jane... Sweet Jane!


-¿Hoy no te espera tu hermano para las sesiones de baile?
-Esta tarde tiene un examen. Nos dijo que ya cenaría fuera con alguien.
Los brillos dolidos en las tragedias griegas de Diana no pasan de largo, pero Hugo se encoge de hombros y ella sonríe y se golpea las paletas con las uñas. Víctor siempre va a ser la huella sobre la que poner el zapato.
-¿Bailamos?
-Ni de coña.
Pero al final cuando ella se levantó y le tendió la mano con sus caballerescas reverencias y los dedos pringados de grasa del motor del viejo Chevrolet aguamarina, el tipo gris lo dio todo por perdido. Y cuando digo todo...
No sé qué quiero decir.

And there's even some evil mothers,
well, they're gonna tell you that everything is just dirt.
You know that women never really faint.


-¿No había una versión más lenta de esta canción? -protestó Hugo, estrechando las palmas sobre la breve cintura de la hespéride mientras ella pasaba los brazos tras su cuello.
-Pues la verdad es que sí, pero no me gusta tanto. Ésta está como desencantada pero no decepcionada, ¿sabes? Es menos triste, pero más nostálgica.
-Algún día te tengo que explicar la definición de "bailar lento".

Children are the only ones who blush!
And that life is just to die.
But everyone who ever had a heart,
they wouldn't turn 'round and break it.


La canción acabaría después de unas dulces Janes más. Y los labios de Diana sabrían a cerveza y a enfermedades falsas para justificar una muerte injusta, pero no me hagas reír, ni él te dará lástima mañana a la luz del día ni orarás por tragedias griegas ni por viejos Chevrolets aguamarina antes de acostarte. Quizás los ángeles adictos lo hagan, pero ellos nunca necesitaron pruebas de existencia más convincentes que un chutazo intravenoso.

Cuando Víctor llegó a casa, su vida había cambiado para siempre. Se encontró una maleta gris y supo, con la certeza de las cosas que se parecen al veneno, que Hugo había entrado en ese resquicio que la culpabilidad había rajado en el paraíso inutilizado a las cuatro de la mañana siete años antes. No tardó en aprender a odiarlo como a un amigo, a quererlo como a un enemigo y a protegerlo como a un hermano.

Tampoco tardó en traicionarlo, como hacía Víctor cuando algo importaba de verdad. Pero ésa es otra historia y a esta máquina se le acaba la cinta.

2 protestas denegadas:

Zima dijo...

No sé bien qué decir. Así, sin más.

Probaré con un "tienes frases matadoras" o "he pasado el viaje entero en tren (re)leyendo tu blog y debe de ser por eso que me faltan palabras, porque te las has comido todas tú" o "¿El dibujo de debajo es tuyo?"

Anairo Draculesti dijo...

Excelente y...yo tampoco tengo más nada que decir, excepto que me ha encantado.

Hacía tiempo que no leía algo tuyo, pero tus escritos siguen fascinándome como siempre.

Besos de neón